The Conversation, plataforma de divulgación que reúne análisis firmados por académicos e investigadores, publica un texto que plantea una pregunta cada vez más frecuente: si un mensaje cálido y cercano escrito por inteligencia artificial (IA) demuestra la empatía de la persona que lo firma. El material de origen, difundido el 19 de octubre de 2026 a través de Google Noticias, ofrece únicamente el título y un breve resumen, por lo que este artículo se limita a exponer el planteamiento y el contexto general del debate, sin atribuir a la fuente conclusiones que esta no detalla.
La cuestión nace de una práctica ya extendida. Los asistentes de IA generativa, basados en modelos de lenguaje, permiten redactar en segundos correos electrónicos, felicitaciones, mensajes de pésame, respuestas a clientes o comunicaciones de docentes y profesionales sanitarios con un tono afectuoso. Su facilidad para imitar registros emocionales procede del entrenamiento con enormes volúmenes de texto escrito por personas, no de una vivencia propia de aquello que expresan.
Para abordar el asunto, conviene distinguir entre sentir empatía y expresarla. La psicología suele diferenciar la empatía cognitiva, que consiste en comprender lo que otra persona siente; la empatía afectiva, que implica compartir en cierta medida esa emoción; y la conducta compasiva, que se traduce en actos concretos de apoyo. Un texto bien construido puede reproducir con fidelidad el lenguaje de las tres, pero el lenguaje, por sí solo, no acredita que quien lo envía haya dedicado atención, tiempo o preocupación genuina al destinatario.
El debate tiene antecedentes recientes. Desde noviembre de 2022, cuando ChatGPT se popularizó entre el público general, el uso de estas herramientas se ha incorporado a la vida laboral, académica y personal. En 2023, una universidad estadounidense reconoció que un mensaje de condolencias dirigido a su comunidad tras un tiroteo ocurrido en otra institución había sido elaborado con ayuda de un chatbot, lo que generó reacciones críticas por parte de estudiantes y docentes. El episodio ilustró que la recepción de un mensaje depende no solo de su contenido, sino también de lo que el lector supone sobre su origen.
La investigación académica de los últimos años ha explorado esa dimensión. Algunos trabajos han sugerido que ciertas respuestas generadas por IA pueden ser percibidas como atentas e incluso comprensivas cuando quien las lee desconoce su procedencia, y que esa valoración tiende a moderarse cuando se revela que las redactó una máquina. Estos resultados, que varían según el contexto, el tipo de mensaje y la metodología, apuntan a que la transparencia influye en la confianza y en el valor que se otorga a la expresión afectiva.
Para la comunidad venezolana y latina en Estados Unidos, la discusión tiene aplicaciones prácticas. Muchas personas hispanohablantes recurren a herramientas de IA para redactar en inglés mensajes dirigidos a escuelas, empleadores, arrendadores, aseguradoras o servicios de salud, o para pulir cartas y solicitudes. En ese terreno, la tecnología puede reducir barreras idiomáticas y facilitar la comunicación. Al mismo tiempo, en entornos donde el trato cercano y los lazos personales tienen un peso cultural destacado, la pregunta sobre cuánto de propio hay en un mensaje adquiere una relevancia particular, sobre todo en situaciones delicadas como una enfermedad, un duelo o una despedida.
En el ámbito profesional y educativo se debaten distintas pautas para el uso responsable de estas herramientas. Entre ellas figuran revisar y personalizar los textos antes de enviarlos, añadir detalles que solo conoce el remitente y, cuando el contexto lo exige, informar de que se ha empleado asistencia automatizada. Diversas organizaciones han comenzado a formular políticas internas sobre el uso de IA en comunicaciones con clientes, pacientes o estudiantes, aunque los criterios difieren de un sector a otro y no existe una norma universal.
Según el planteamiento recogido en el título del artículo, la pregunta de fondo es si la calidez de un texto puede considerarse prueba de la sensibilidad de quien lo suscribe. Los lectores interesados en conocer los argumentos completos, los datos y las referencias que sustentan el análisis podrán consultarlo directamente en The Conversation, que es la fuente responsable de su contenido. Se espera que el debate continúe a medida que estas herramientas se integren en más ámbitos de la comunicación cotidiana.
Fuente: The Conversation



