Las reproducciones falsas de música en las plataformas digitales han vuelto a situarse en el foco de atención de Estados Unidos por su posible efecto sobre el dinero que perciben los artistas, según informó el medio CiberCuba. El fenómeno, conocido en la industria como fraude de streaming, consiste en inflar de manera artificial el número de escuchas de una canción mediante programas automatizados o redes de cuentas falsas, con el fin de cobrar regalías que no corresponden a un público real.

El material publicado por CiberCuba plantea el asunto desde la perspectiva económica: cómo afectan esas escuchas ficticias a los ingresos de quienes viven de su música. La información disponible no detalla todos los pormenores de las actuaciones o revisiones en curso, por lo que conviene atribuir a esa fuente el planteamiento general y remitirse a los comunicados oficiales de las autoridades para conocer el alcance exacto de cada medida.

Para entender el problema es útil recordar cómo se remunera el streaming. En la mayoría de los servicios, los ingresos procedentes de suscripciones y publicidad se reúnen en una bolsa común que se reparte entre titulares de derechos según su cuota de reproducciones sobre el total. Es el llamado modelo de reparto proporcional. En ese esquema, cada escucha fraudulenta no genera dinero nuevo: desplaza una parte de la bolsa hacia quien manipula las cifras y reduce, aunque sea en proporciones mínimas, lo que corresponde al resto de los creadores.

Uno de los casos más conocidos ocurrió en septiembre de 2024, cuando fiscales federales del Distrito Sur de Nueva York presentaron cargos contra un ciudadano de Carolina del Norte, Michael Smith. Según la acusación, el hombre habría empleado miles de cuentas automatizadas para reproducir de forma continua centenares de miles de canciones generadas con inteligencia artificial y habría obtenido así más de diez millones de dólares en regalías. El procedimiento puso de manifiesto que el fraude de streaming podía tratarse como un delito federal y no solo como una infracción de las normas de cada plataforma.

Las propias plataformas llevan años adoptando medidas. Spotify, por ejemplo, anunció en 2024 que las canciones necesitarían un mínimo de mil reproducciones en los doce meses previos para generar regalías, y que cobraría cargos a los sellos y distribuidores cuando detectara casos evidentes de manipulación artificial. Otros servicios, como Deezer, han comunicado el desarrollo de herramientas para identificar y excluir del cálculo de pagos las escuchas sospechosas. Aun así, los expertos del sector suelen señalar que la detección es compleja, porque los sistemas automatizados imitan cada vez mejor el comportamiento de oyentes reales.

El auge de la música creada con inteligencia artificial ha añadido otra capa al debate. La facilidad para producir y subir grandes volúmenes de pistas a bajo coste multiplica las posibilidades de que existan catálogos diseñados únicamente para acumular reproducciones, lo que presiona a las plataformas y a los organismos reguladores a precisar qué prácticas son legítimas y cuáles constituyen engaño. En Estados Unidos, la Ley de Modernización de la Música, aprobada en 2018, ya reformó parte del sistema de licencias y pagos, pero no fue concebida específicamente para este tipo de manipulación.

Para la comunidad venezolana y latina en Estados Unidos, el tema tiene una relevancia concreta. La música en español ocupa un lugar destacado en el consumo por streaming, y numerosos artistas independientes, también cubanos y venezolanos, dependen de la distribución digital para llegar a su público y obtener ingresos sin intermediarios tradicionales. Cuando el reparto de regalías se distorsiona, los creadores con catálogos pequeños, que perciben cantidades modestas por cada escucha, son quienes más notan cualquier variación en los pagos.

Habrá que seguir las comunicaciones oficiales de las autoridades estadounidenses y de las plataformas para conocer qué medidas concretas se adoptarán y en qué plazos. Mientras tanto, los artistas disponen de recursos prácticos que suelen recomendar las propias empresas: elegir distribuidores que apliquen controles de calidad, revisar periódicamente las estadísticas de sus canciones y denunciar a través de los canales oficiales cualquier actividad anómala que detecten en sus perfiles.

Fuente: CiberCuba