El veterinario Adrián Conde sostiene que los perros no sienten culpa, sino miedo, cuando sus dueños se enojan con ellos. La afirmación fue difundida este 16 de octubre por el diario colombiano El Tiempo y retoma una duda frecuente entre quienes conviven con animales de compañía: qué significa realmente esa mirada baja y esa actitud sumisa que el animal muestra después de una travesura.
Según el planteamiento atribuido al especialista, la conducta que muchas personas interpretan como arrepentimiento es en realidad una respuesta al enojo humano. El material de origen se limita al titular y al resumen de la publicación, por lo que este texto no atribuye a Conde detalles adicionales de su explicación. Lo que sigue es información de contexto, ampliamente documentada, sobre lo que la ciencia del comportamiento animal ha descrito en torno a esta cuestión.
La etología y la medicina veterinaria del comportamiento llevan años describiendo las llamadas señales de apaciguamiento. Entre ellas figuran las orejas echadas hacia atrás, la cabeza gacha, la cola baja o recogida entre las patas, el desvío de la mirada, el lamido de hocico y los bostezos fuera de contexto. Quien observa esa escena suele pensar que el perro «sabe» que se ha portado mal. Sin embargo, los especialistas explican que se trata de un lenguaje corporal con el que el animal intenta reducir la tensión y evitar un conflicto ante el tono de voz, los gestos o la postura de una persona que percibe alterada.
Uno de los estudios más citados sobre el asunto fue dirigido por la investigadora Alexandra Horowitz, del Barnard College, y se publicó en 2009 en la revista Behavioural Processes. En el experimento, los dueños dejaban a su perro con una golosina prohibida y, al volver, se les indicaba que el animal se la había comido o no, con independencia de lo ocurrido. Los resultados mostraron que los perros exhibían más conductas asociadas a la «mirada culpable» cuando el dueño los regañaba, hubieran comido o no la golosina. Es decir, la reacción dependía de la actitud de la persona y no de la supuesta falta cometida.
La culpa, tal como se entiende en las personas, es una emoción compleja que exige autoconciencia, memoria de lo ocurrido y comprensión de una norma moral. Aunque los perros experimentan emociones básicas como el miedo, la alegría o la ansiedad, la comunidad científica no ha demostrado que sean capaces de ese tipo de valoración. A ello se suma un factor temporal: los animales asocian una consecuencia con la conducta que la precede solo si ambas ocurren con muy pocos segundos de diferencia. Un regaño tardío, cuando el dueño descubre el daño horas después, no enseña al perro qué hizo mal; únicamente le enseña que la llegada de esa persona puede anticipar un momento desagradable.
Por esa razón, organizaciones como la Sociedad Americana de Veterinaria del Comportamiento Animal (AVSAB, por sus siglas en inglés) recomiendan el adiestramiento basado en el refuerzo positivo y desaconsejan los castigos. Según sus posicionamientos, los métodos aversivos pueden aumentar el miedo y la ansiedad, deteriorar el vínculo con el cuidador y, en algunos casos, favorecer respuestas defensivas. Las alternativas más habituales consisten en prevenir el problema, por ejemplo guardando objetos al alcance del animal, ofrecerle actividad física y mental suficiente, y premiar de inmediato las conductas deseadas.
Para la comunidad venezolana y latina en Estados Unidos, donde son numerosos los hogares que comparten su vida con uno o varios perros, esta distinción tiene implicaciones prácticas. Las mudanzas, los horarios laborales prolongados y los cambios de vivienda pueden generar ansiedad por separación y conductas como ladridos, mordisqueo de muebles o accidentes dentro de casa, que a menudo se interpretan como desafío o travesura. Distinguir el miedo de la supuesta culpa ayuda a identificar cuándo el animal necesita orientación y no reprimenda. Muchas clínicas veterinarias y refugios locales ofrecen asesoramiento sobre conducta, y conviene preguntar por servicios en español para facilitar la comunicación con el profesional.
Tras la publicación de El Tiempo, la recomendación de fondo para los tutores es observar con atención el lenguaje corporal de sus animales y consultar con un veterinario o un especialista en comportamiento si detectan señales persistentes de temor, evitación o agresividad. La fuente no informa de medidas ni iniciativas posteriores asociadas a las declaraciones de Conde; la información aquí recogida corresponde a lo divulgado por el medio citado, que asume la responsabilidad de su contenido.
Fuente: El Tiempo



