La inflación energética en América Latina cedió en julio, pero continúa situándose por encima de la inflación general de la región, según un informe de Olacde recogido por Bloomberg Línea. La lectura describe un alivio parcial en los precios de la electricidad, los combustibles y otros productos vinculados a la energía, que, sin embargo, siguen subiendo a un ritmo superior al del conjunto de bienes y servicios que consumen los hogares latinoamericanos.

El material de origen disponible resume dos ideas centrales: por un lado, la desaceleración del componente energético durante el séptimo mes del año; por otro, la persistencia de una brecha frente al índice general de precios. El resumen consultado no detalla cifras por país ni la metodología empleada, de modo que, para conocer los porcentajes exactos y la comparación entre economías, corresponde remitirse al informe original de Olacde y a la nota publicada por Bloomberg Línea, que son las fuentes de esta información.

Para entender el alcance del dato conviene precisar qué se mide. La inflación energética es el componente del índice de precios al consumidor que agrupa rubros como la electricidad, el gas doméstico, la gasolina y el diésel. Su peso en la canasta varía de un país a otro, pero su influencia va más allá de la factura directa: la energía es un insumo básico del transporte, de la producción agrícola e industrial y de la distribución de mercancías, por lo que sus variaciones suelen trasladarse, con cierto rezago, a otros precios de la economía.

Esa doble vía explica la atención que los bancos centrales dedican a este indicador. Tras la pandemia de COVID-19 y la invasión rusa de Ucrania, en 2022, los precios internacionales de la energía registraron fuertes alzas en todo el mundo, y la región vivió uno de los episodios inflacionarios más intensos de las últimas décadas. Varias autoridades monetarias latinoamericanas, entre ellas las de Brasil, Chile, México y Colombia, elevaron sus tasas de interés de referencia entre 2021 y 2022 para contener el aumento de precios, y desde entonces han ido ajustando su política a medida que la inflación general se moderaba.

Los precios energéticos dependen de factores diversos y no siempre coincidentes entre países. Pesan la cotización internacional del petróleo y del gas natural, la evolución del tipo de cambio frente al dólar, los impuestos a los combustibles, las tarifas reguladas de electricidad y los esquemas de subsidios o fondos de estabilización que algunos gobiernos aplican para amortiguar los vaivenes del mercado. También influyen las condiciones climáticas, en particular en las naciones que dependen en buena medida de la generación hidroeléctrica, donde las sequías o las lluvias abundantes alteran los costos del suministro. A ello se suma la diferencia entre economías exportadoras netas de hidrocarburos y las importadoras, que reciben de forma distinta los movimientos del mercado global.

Para la comunidad venezolana y latina en Estados Unidos, el dato tiene una lectura práctica. Muchas familias envían remesas a sus países de origen, y la evolución de los precios allí, incluidos los de la energía y el transporte, incide en cuánto rinde ese dinero en el gasto cotidiano de sus parientes. Además, el comportamiento de los precios energéticos en la región forma parte del panorama económico que consideran quienes mantienen vínculos comerciales, inversiones o planes de regreso a sus países. Cabe recordar que las situaciones nacionales son heterogéneas y que un promedio regional no refleja necesariamente la realidad de cada economía.

De cara a los próximos meses, los datos mensuales de inflación que publiquen los institutos de estadística de cada país permitirán comprobar si la moderación observada en julio se mantiene o si el componente energético vuelve a acelerarse. Los informes posteriores de Olacde y la cobertura de Bloomberg Línea servirán de referencia para seguir esa evolución y valorar si se reduce la distancia entre la inflación energética y la general.

Fuente: Bloomberg Línea