Un estudio difundido por Infobae el 26 de septiembre de 2026 revela que los perros de terapia cumplen una función que va más allá del apoyo emocional individual en los entornos universitarios: actúan como catalizadores sociales capaces de generar interacciones espontáneas entre estudiantes que, de otro modo, podrían permanecer aislados. La investigación sitúa a estos animales entrenados en el centro de una conversación académica sobre bienestar estudiantil y cohesión comunitaria dentro de los campus.

Según la fuente, el estudio identifica que la presencia de un perro de terapia en espacios comunes —bibliotecas, zonas de descanso o pasillos— reduce las barreras sociales que habitualmente inhiben la comunicación entre personas que no se conocen. Los investigadores observaron que los estudiantes que interactuaban con los animales tendían a iniciar conversaciones con otros compañeros presentes en el mismo espacio, creando redes informales de contacto que contribuyen al sentido de pertenencia dentro de la institución. De acuerdo con el informe citado por Infobae, este efecto fue consistente en distintos tipos de campus y perfiles de estudiantes.

La investigación también destaca que el beneficio no se limita a quienes acarician o interactúan directamente con el animal. La simple observación de la escena —un perro tranquilo, bien adiestrado, en interacción con personas— genera un ambiente percibido como más amigable y seguro, lo que incrementa la disposición general a socializar. Los autores del estudio señalan que este fenómeno, conocido en psicología social como efecto de facilitación social mediada por animales, había sido documentado en entornos clínicos y comunitarios, pero con menor frecuencia en el ámbito universitario específico.

Para comprender la relevancia de estos hallazgos, es necesario ubicarlos en el contexto de una preocupación creciente por la salud mental en las universidades. Desde antes de la pandemia de covid-19, múltiples instituciones académicas en Estados Unidos, Canadá, el Reino Unido y América Latina reportaban incrementos sostenidos en los niveles de ansiedad, depresión y soledad entre su población estudiantil. La pandemia agudizó estas tendencias y, al mismo tiempo, interrumpió muchos de los mecanismos naturales de socialización que los campus ofrecían. Aunque las aulas y espacios comunes reabrieron, diversas encuestas posteriores indicaron que la recuperación del tejido social entre estudiantes fue más lenta que el regreso físico a las instalaciones.

En respuesta a este panorama, numerosas universidades incorporaron programas de visitas con perros de terapia durante períodos de alta exigencia académica, como las semanas de exámenes finales. Estas iniciativas, que en sus inicios fueron vistas por algunos sectores académicos como iniciativas de bajo rigor científico, han ido ganando respaldo empírico progresivamente. El estudio reseñado por Infobae se suma a una línea de investigación que busca medir con mayor precisión no solo el bienestar subjetivo reportado por los estudiantes, sino también los cambios conductuales observables, como el número y la duración de las interacciones sociales espontáneas.

Para la comunidad latina en Estados Unidos, donde los estudiantes universitarios de primera generación enfrentan con frecuencia mayores niveles de aislamiento social y menor acceso a redes de apoyo institucionales, los programas de perros de terapia representan una herramienta de bajo costo y alta accesibilidad. No requieren que el estudiante identifique o declare una necesidad de salud mental —barrera cultural significativa en muchas comunidades— sino que operan de forma natural en el espacio compartido. Esta característica los convierte en un recurso particularmente pertinente para poblaciones que tienden a subutilizar los servicios tradicionales de consejería universitaria.

De acuerdo con la información difundida por Infobae, los autores del estudio sugieren que las instituciones educativas consideren formalizar e integrar estos programas dentro de sus estrategias institucionales de bienestar, en lugar de mantenerlos como actividades ocasionales o dependientes de voluntarios. Los próximos pasos en esta línea de investigación apuntarían, según la fuente, a determinar qué factores —raza del animal, frecuencia de las visitas, tipo de espacio y horario— optimizan el impacto social documentado, con miras a ofrecer recomendaciones concretas a los responsables de políticas universitarias.

Fuente: Infobae