En las vastas estepas de Mongolia, donde el horizonte parece no tener fin, la señora Shuurai habita una yurta —la vivienda circular y desmontable propia de los pueblos nómadas de Asia Central— y desde allí lanza un mensaje que trasciende las fronteras de su comunidad: ningún tramo de tierra carece de valor.

Según recoge El País, esta mujer mongola representa una tradición de vida nómada que, lejos de concebir el territorio como un recurso explotable, lo entiende como un sistema vivo en el que cada elemento cumple una función. Su afirmación —«no hay ninguna tierra inútil»— sintetiza una filosofía ancestral que contrasta con los modelos de uso del suelo predominantes en las sociedades industrializadas.

La yurta, conocida en mongol como ger, es mucho más que una vivienda: es una arquitectura adaptada a siglos de desplazamiento estacional, diseñada para montarse y desmontarse en pocas horas y orientada, por tradición, hacia el sur para captar la luz solar. La estructura refleja una relación funcional y respetuosa con el entorno natural que los nómadas mongolios han mantenido durante generaciones.

El testimonio de la señora Shuurai llega en un momento en que la degradación de las tierras áridas y semiáridas ocupa un lugar destacado en la agenda ambiental global. Organizaciones internacionales como la ONU advierten que la desertificación afecta a centenares de millones de personas en todo el mundo, muchas de ellas comunidades que, como la mongola, dependen directamente de ecosistemas frágiles para su subsistencia.

La publicación de esta historia por parte de El País pone el foco en voces locales que aportan perspectivas distintas sobre la gestión sostenible del territorio, un debate que gana relevancia a medida que los efectos del cambio climático transforman paisajes que durante siglos permanecieron estables.

Fuente: El País